miércoles 10 de marzo de 2010

Dawn



El tacto del frío metal de la llave, sus formas dentadas y curvas. El hueco más frío aún del contacto. Hago mover y girar mi muñeca, los dos metales se calientan juntos, su interior reacciona y el motor ruge. Ronronea un poco, te he echado de menos, intenta decir. No te preocupes, ya he vuelto pequeño, le susurro, mientras acaricio la preciosa curva que describe su volante. En el reproductor de CD’s suena una de mis canciones favoritas, este paseo promete.

El aire de la noche me da en la cara mientras llevo las ventanas bajadas. Son las cuatro de la mañana, un martes, nadie en la calle salvo mi tigre rojo y yo. Siempre nos dijeron que hacíamos buena pareja, pero es ahora cuando se me antoja probar nuestros límites. No es prudente, lo sé, aunque a estas alturas poco puedo seguir bajando en la escala de sensatez. Así, nos encaminamos a casi 200 por hora hacia el punto más alejado y alto de la ciudad. Noto las lágrimas resbalar hacia atrás, por mis orejas hacia mi pelo, y me gusta pensar que es por el aire.

Saboreo cada curva, cada subida, al límite de la estabilidad. Él no va a dejar que me pase nada, ni yo que le pase nada a él, de modo que nuestras extremidades bailan al son que nos quiere marcar la carretera, desafiándola cuanto queremos, animándola a que pruebe de qué somos capaces.

Las horas pasan y la carretera se va acabando. Ya casi veo el borde, estamos llegando. Y paramos. Tras un leve jadeo, como el que queda tras la subida de adrenalina después de haber hecho el amor, salgo al frío de la todavía noche. Se ven las luces de toda la ciudad, que ahora se extiende bajo mis pies… me siento dueña de ella. Puedo ver mi casa, o al menos la zona en la que se encuentra. Recuerdo que ayer me pasé horas mirando este sitio desde allí abajo. Al fin y al cabo, todos soñamos con volar, y éste me parecía un sitio adecuado.

Pongo algo de música y me subo al capó del coche. Siento que si tuviera brazos, me abrazaría mientras esperamos a lo que va a ocurrir. Y entonces, sin un solo sonido, la naturaleza de alrededor enmudece ante la llegada de un nuevo día. El alba anuncia que el sol no tardará en llegar. Nunca vi nada más hermoso en toda mi vida. Y fui feliz, aunque deseara que en ese momento estuvieras allí conmigo… mierda, volví a pensar en ti, me prometí que no lo haría en un tiempo, pero de verdad te echo en falta ahora mismo.

¿Casualidad? Puede, pero justo en ese momento la canción que sonaba por los altavoces de mi coche cambió… es esa que te gusta tanto. Y pensé… bueno, ya que he llegado hasta aquí, no me importa seguir recorriendo kilómetros. Y volví a girar la llave, en dirección a tus abrazos.

1 comentarios:

Luca dijo...

Tu relato evoca peligro y emociones, violencia y cariño, soledad y seguridad en uno mismo, esperanza, añoranza y ternura.

Todo en 6 párrafos... di lo que quieras de cómo escribes, pero este relato no me ha dejado de ninguna manera indiferente, me ha encantado y solo me dan ganas ahora de coger mi león gris y rugir con él desde algún punto alto desde el cual se pueda ver... tu casa.